Abc Viajar

jueves, 24 de abril de 2008

Bretaña: corsarios y granito rosa

Llueve sobre las murallas de Saint-Malo, pero el grupo de turistas prefiere calarse hasta los huesos a volver al coche. Llueve y azota el viento, como tantas otras veces en esta esquina atlántica pegada al Canal de La Mancha. Pero «La piedra», como se conoce a la ciudad, ni se inmuta. Ha visto mucho como para asustarse por un día de perros. En esta ciudad del mar, la belleza duele, y el pasado zascandilea en unas calles por las que han pasado renegados y proscritos, marineros, corsarios, aventureros, ardorosos independentistas. Y escritores. El más importante, Chateaubriand, nació en una de estas casas en 1768. «Durante las horas de reflujo, el puerto queda seco y, en las orillas este y norte del mar, se descubre una playa de la más hermosa arena. Es posible dar la vuelta entonces a mi nido paterno. Al lado y a lo lejos, hay diseminados peñascos, fuertes, islotes deshabitados: el Fort-Royal, la Conchée, Cézembre y el Grand-Bé, donde estará mi tumba; había elegido bien sin saberlo: , en bretón, significa tumba», escribió.

A la roca donde reposa el vizconde de Chateaubriand sólo se puede llegar en las horas de bajamar, pero la silueta de la cruz se atisba desde el paseo de las murallas, construidas y reforzadas durante siglos para defender la ciudad de los múltiples enemigos que la acosaron. La estatua que recuerda a Robert Surcouf (1773-1827), el gran corsario de Saint Malo al servicio de Francia, mira de frente a la tumba de la Grand-Bé y al bravo mar. Surcouf saqueó decenas de barcos, muchos de ellos ingleses, y su leyenda es una de las más solidas en esta tierra de hombres de carácter, como los citados, o como Jacques Cartier, el descubridor de Canadá, enterrado en la catedral de San Vicente. Dicen que un oficial británico derrotado acusó a Surcouf de batallar sólo por dinero, y no por honor. «Cada uno pelea por lo que no tiene», le replicó.

Si fuera por tener y no tener, Bretaña no hubiera necesitado pelear por nada. Esta esquina de Francia, tan parecida a Galicia, lo tiene casi todo. Pueblos con encanto, de esos de murallas y calles empedradas; el horizonte verde, que aquí la lluvia no falta; restaurantes en los que apreciar el significado de la expresión «cultura gastronómica», y hasta la magnífica abadía del Mont-St. Michel a tiro de piedra, aunque ya en Normandía. Bretaña le sirve al viajero para un fin de semana o para un mes, con infinidad de lugares en los que detenerse y leer un libro, en los que pasear y acabar con las tarjetas de memoria de la cámara de fotos.

Estamos en el Sendero de los Aduaneros, creado en 1791 para vigilar a los contrabandistas, y hoy una opción de viaje para observar esta región de proa a popa, pegados a la costa. El GR 34 suma 1.300 kilómetros, un camino que da para un verano, desde Saint Nazaire, en el Loira Atlántico, hasta el Mont Saint-Michel, en Normandía. Como sólo tenemos unas horas, esta vez elegimos un tramo de una belleza serena y rocosa. En la costa del granito rosa, en torno al municipio turístico de Perros-Guirec (perros, en bretón, significa «sobre la montaña»), la erosión ha creado formas fantásticas en las rocas. «¿Eso es la cabeza de un diablo?», pregunta un senderista entusiasmado.

El color rosa, a veces rojo, es excepcional. Está compuesto por cristal de feldespato, cuarzo y mica, aunque ese tono singular lo aporta el hierro. Es un recorrido de ocho kilómetros, llano, que se puede completar con facilidad, con todo el tiempo del mundo para sentarse y observar las formaciones creadas por el tiempo, el agua y el aire. Al final de la senda está el Castel Beau Site, un hotel con una vista impagable sobre las rocas, el mar, un pequeño castillo del XIX en el que reside un actor alemán y una residencia en la que pasaba sus vacaciones Gustave Eiffel. El Beau Site cerrará en 2009 para modificar sus habitaciones, sólo el interior, porque el paisaje se antoja inmejorable.

Perros-Guirec, a dos horas del aeropuerto de Rennes, a pie de playa, puede ser una buena base de operaciones para explorar Bretaña en busca de excelentes restaurantes o pequeños pueblos de pescadores. Abundan unos y otros, como Saint-Suliac, tan cosido al mar que en la iglesia cuelga una maqueta de un barco, quizá una oración silenciosa por los hombres que viven y mueren en el profundo océano. En esta región, como en Galicia, huele a sal, a horizonte peligroso. Incluso hay un Finisterre, como en la costa española. También huele a pasado celta, a gaitas, a idioma propio (el bretón) aunque poco utilizado, a pastos verdes y tierra mojada.

Aunque Saint-Malo sea el casco histórico más conocido y fotografiado de la región, no conviene perder de vista Dinan, ciudad amurallada abrazada por el río Rance. Forma parte de las «Villes et pays d'art et d'histoire», denominación creada a mediados de los años 80. Dicen que es la ciudad medieval mejor conservada de Francia, un baño de pasado que vemos en sus fachadas, llenas de madera y granito, y en las calles, adoquinadas, en ocasiones en cuesta casi vertical, como la Rue du Petit Fort, el camino que conduce desde el centro hasta el río. O en la Tour de l’Horloge, torre del reloj del siglo XV cuyas campanas suenan cada cuarto de hora. En verano, Dinan suele estar lleno de turistas, pero un día entre semana de primavera, al caer el sol, el centro es un desierto. El viaje al Medievo es entonces tan fácil como conmovedor.

De regreso al aeropuerto nos espera Rennes. En su casco histórico se conservan más de cuatrocientas casas con la tradicional estructura de madera. Era el material más utilizado, hasta que un incendio feroz en 1720 les animó a cambiar la madera por el granito y la piedra caliza. La división de la ciudad en dos, según su construcción, es perfectamente visible, tanto como la abrumadora presencia de jóvenes en las calles. Es éste un territorio de estudiantes: unos 60.000 de los 200.000 habitantes totales, lo que significa un ambiente animado y festivo. A ellos aún les queda muy lejos aquella otra frase de Chateaubriand, el hombre que eligió para su última tumba un peñasco frente a las murallas de Saint-Malo: «Hombres que amáis la gloria, cuidad de vuestra tumba; acomodaos bien en ella; procurad componer la figura, porque allí os quedaréis».

LA RUTA DE LA BUENA MESA

En Bretaña hay más de dos mil crêperies, aunque sólo setenta y tres han logrado el sello de calidad «Gourmandes». Es el plato tradicional y lo podremos degustar de mil maneras, a menudo elaborado con masa de trigo negro: con frutos del mar (vieiras, gambas, mejillones, salsa de nata), con tres quesos (Camembert, Roquefort y de cabra), completa (jamón dulce, huevo frito y queso rallado)... El pescado y el marisco, con mil variantes, es un menú de obligado cumplimiento en este viaje. En Dinan: Le Cotrage. Rue de Petit Fort, 78. En Rennes: Crêperie La Rozell. Rue de Penhoët, 14. En Perros-Guirec, es excelente el restaurante del hotel Castel Beau Site. Y un lugar especial, fuera de ruta: Le Jersey Lillie, en la Cale de Jouvente, junto al río Rance y cerca de un pueblo llamado Pleurtit.


PISTAS

El viaje. Iberia Regional Air Nostrum (www.iberia.es/ 902 400 500) inauguró en febrero tres rutas directas que unen Madrid con Rennes, Clermont-Ferrand y Montpellier. Hacia Rennes, opera lunes, miércoles, jueves y domingo.

La fiesta de las murallas. Durante dos días, Dinan se engalana para recordar su pasado. 19 y 20 de julio.

Fiesta Internacional del Mar y los Marineros. En Brest, Del 11 al 17 de julio.

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